El lugar de la cultura de Homi Bhabha, reseña crítica

En este mundo globalizado que nos ha tocado vivir, están llegando hasta nosotros las obras de artistas lejanos, tanto geográfica como culturalmente hablando, y sus propuestas necesitan para su correcta y completa comprensión de un replanteamiento del ideario occidental para enfrentarnos a ellas de la manera más imparcial posible. Para ello, tenemos la ayuda de pensadores poscolonialistas como Said, Mignolo o Bhabha, que nos ayudarán a reflexionar sobre aquellas ideas que mantenemos como verdades absolutas pero que en su mayor parte han sido construidas con una intencionalidad por los entes dominadores del periodo colonial.  Aquí, intentaremos exponer las principales ideas de Homi Bhabha al respecto, después de la lectura de uno de sus más valorados escritos: El lugar de la cultura.

A lo largo de once capítulos, Bhabha expone en su libro “El lugar de la cultura” (Buenos Aires, Manantial, 2002) sus ideas acerca del discurso colonial y la necesidad de una revisión del mismo, en un contexto de posmodernidad que permite la reconfiguración de las bases de ese pensamiento para elaborar un nuevo discurso revisado, un discurso poscolonialista.

Ya desde la introducción, Homi Bhabha nos llama la atención sobre el hecho de que debemos abandonar los convencionales sistemas de clasificación humana de clase o género para acercarnos a otras realidades, lo que llama “espacios entre-medio”, donde aparecen nuevas identidades: ya no hay blancos y negros, latinos y americanos, sino híbridos que originan una “realidad Otra”. Y estas nuevas realidades aparecen desde la perspectiva de las minorías, de aquellos que se han situado a medio camino entre la tradición y la modernidad, cuyas voces han sido soterradas por las voces dominantes, las mismas que han escrito la Historia que encontramos en los libros, parafraseando a George Orwell, esa Historia contada por los vencedores.

Sin embargo, ahora se está viviendo un proceso de redefinición de culturas y tradiciones, en un marco de límites epistemológicos que van más allá de los discursos impuestos por los dominadores (occidentales). En contraposición a Mignolo, que piensa que el principal motor de la construcción de los discursos es la economía, Bhabha ve en la cultura el elemento definitorio de las identidades, y es en base a ella que el poscolonialismo debe reformular un nuevo discurso.

Pero este discurso “Otro” no aparece en el continuum temporal-espacial de la Historia, sino que ha surgido simultáneamente al discurso principal o preponderante del dominador, solo que es ahora, con la perspectiva que nos da el tiempo, cuando podemos entresacar esas realidades intersticiales y valorarlas en su justa medida, dando paso a una poscolonialidad que, como dice Bhabha, “es un saludable recordatorio de las persistentes relaciones neocoloniales dentro del nuevo orden mundial” (pág. 23).

Elaborar una nueva teoría crítica, cuando la teoría ha estado tradicionalmente asociada a las élites (que inevitablemente estaban en Occidente) no es tarea fácil y depende del tipo de compromiso que esa teoría vaya a tener pues, como bien señala Bhabha, la escritura no puede sólo identificarse desde un punto de vista político (de la posición desde donde se escriba) sino también desde un punto de vista social, es decir, donde esta escritura pretende (o no) transformar. Un “discurso crítico” es efectivo cuando da como resultado un discurso “Otro”, que según Bhabha debe cambiar nuestras “formas mismas de nuestro reconocimiento del momento de la política” (pág. 45), aunque más que cambiar sería mejor decir aportar nuevos puntos de vista desde los que repensar nuestras ideas. Una concepción materialista de la Historia nos lleva a estancarnos en un único punto de vista y contra esto está Bhabha claramente. En la negociación entre el discurso hegemónico y el de la alteridad es donde está el progreso, en ese espacio “entre-medio” que es donde se configura el espacio político. Pero para nuestro pensador el nuevo discurso debe construirse desde el campo de la diferencia cultural, no la diversidad cultural, que obliga a revisar pasado y presente, tradición y modernidad, tanto de dominados como de dominadores, y así poder establecer un auténtico debate crítico.

Avanzando en el libro, Bhabha se introduce en la reflexión sobre las relaciones coloniales y advierte el hecho de que en ellas hay un deseo de invertir los papeles, entre nativo y colonizador y viceversa, produciéndose un proceso de identificación en un “espacio intermedio” difícil de delimitar. Surgen así los conceptos de estereotipo, mímesis e hibridez.

Bhabha define estereotipo como “forma de conocimiento e identificación que vacila entre lo que siempre está en su lugar, ya conocido, y algo que debe ser repetido ansiosamente” (pág. 91). Para poder “juzgar” al objeto colonial debemos por lo tanto desentrañar los significados de estos estereotipos que se encuentran en el discurso tradicional y que, según Bhabha, tienen una base racial con la que los dominadores pretendían justificar su dominio pero ¿ante quién querían justificarse? Bhabha sugiere que en la creación de estos estereotipos hay una intención clara de gobernabilidad, sin embargo la gobernabilidad de los “Otros” se sustenta en temas políticos y económicos principalmente, que son los dos campos que mueven al hombre a dominar, ¿de dónde salen entonces los estereotipos de orden cultural y racial? Es interesante la lectura que Bhabha hace del estereotipo en términos de fetichismo. Estereotipo y fetichismo funcionan de forma similar porque intentan “normalizar” unas determinadas “perturbaciones” u “otredades” y “el fetiche o estereotipo da acceso a una identidad” (pág. 100) y en ella se encuentra la diferencia; el fetiche/estereotipo causa una ambivalencia: o atrae o repele, dependiendo del sujeto; lo normal es que el creador del fetiche, lo mire con deseo y complacencia, sin embargo, en el discurso colonial, el fetiche/estereotipo provoca por un lado una escisión y por otro un reconocimiento de su existencia como “Otro”, es decir, que no se niega su existencia, sino que se le brinda un lugar propio, aunque sea separado.

Otra estrategia del discurso colonial es el mimetismo. Este perturba a la autoridad pues, como dice Bhabha “es casi lo mismo, pero no exactamente” (pág. 112). La intención del mimetismo es “normalizar” al sujeto colonial, pero siempre será una figura incompleta o parcial que provocará temor y amenaza. El mimetismo colonial tiene objetivos estratégicos que Bhabha llama “metonimia de la presencia”, según la cual se representa la identidad de forma anómala y se produce un “retorno de lo reprimido”, pero también es una forma de fijar la diferencia colonial.

El mimetismo dará paso a la hibridez, con la que se pone en crisis el propio discurso colonial, pues se da una auténtica separación entre los dominados y los dominadores, en tanto que los primeros han generado una nueva identidad a partir de la interpretación que han hecho de la realidad mostrada por los segundos. La hibridez también genera una ambivalencia, demostrada en el tema de la gobernabilidad de las colonias: un hecho importante en la época colonial es que el colonizador daba potestad al colonizado para que gobernara, aunque siguiendo sus preceptos; de aquí se traduce una ambivalencia en el sujeto colonial que, por un lado es dominado y sometido, pero por otro se le ha cedido cierta autoridad a través de un discurso de progreso, disfrazando de ese modo el sometimiento, pues la libertad seguía estando limitada por el discurso del dominador.

Otro aspecto importante de la reflexión de Bhabha es la idea de “nación” como aparato de poder simbólico. Los pueblos siempre han reclamado su representatividad como pueblo-nación, pero en la sociedad moderna la nación muestra una polaridad: por un lado, la nación como opuesta a la alteridad de otras naciones; por otro, la nación escindida dentro de sí misma, articulando la heterogeneidad de su población en lo que viene siendo una nación liberal moderna. En nuestro nuevo mundo moderno, el concepto de pueblo o nación que poseía una única identidad histórica, se ha transformado en una identificación cultural que va más allá de hechos históricos, razas y fronteras. Estamos en un “tiempo poscolonial”, que intenta formular revisiones críticas en un pensamiento posmoderno, entendiendo éste como reacción a un discurso ya establecido.

Para Bhabha, caminamos hacia un nuevo mundo trasnacional, donde la hibridez se ha “normalizado” y forma parte de la diferencia cultural contemporánea. Sin embargo, se muestra escéptico ante los escritos académicos occidentales pretendidamente posmodernistas, que teorizan sobre una nueva historicidad, sin renunciar a conceptos como primer o tercer mundo.

Como conclusión, debemos quedarnos con la idea de la necesidad de revisar el discurso colonialista, desde la perspectiva contemporánea y valorando sobre todo los espacios intersticiales que existen en el discurso de la autoridad. Debemos ser conscientes de aquellas imágenes creadas por los dominadores, en forma de estereotipos, que han creado unas fijezas sobre la otredad que enmascaran la realidad. Para poder elaborar una auténtica teoría crítica debemos tener claro que hay que poner en cuestión esa imagen, que es sólo un accesorio de la verdadera identidad cultural de la alteridad, la cual siempre ha pretendido adaptarse a las circunstancias impuestas para sobrevivir, y así lo ha hecho, aunque transformada mediante los procesos de mímesis e hibridez, herramientas aportadas por los dominadores como estrategias de dominación según Bhabha, pero que han permitido que lleguen a nuestros días para que ahora sean recogidas e interpretadas en un nuevo discurso poscolonial.

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