Semana Santa

En el calendario de celebraciones litúrgicas hay una serie de días que bullen de actividad y de rituales. Son los días que van desde la Cuaresma hasta la Semana Santa.

Entendemos por Cuaresma el período de cuarenta días previo a la Pascua, el tiempo del arrepentimiento a través de la penitencia, con prácticas tradicionales como el ayuno o la abstinencia, cuyos orígenes se remontan al siglo IV. En durante este tiempo el practicante deberá hacer una única comida diaria y se abstendrá de comer carne durante el período de seis semanas previas al domingo de Pascua, acercando al creyente a los cuarenta días de ayuno que pasó Cristo en el desierto (son los cuarenta días desde el Miércoles de Ceniza hasta el Sábado Santo) sin contar los domingos, día del Señor, en los que no se hace ayuno.

Este período se relacionaba en la antigüedad con el calendario agrícola, tomando como referencia las posiciones del Sol y de la Luna, así, actualmente el primer domingo de Cuaresma da lugar a una serie de cinco domingos (sin contar el Domingo de Ramos): son los cuarenta días de preparación para la gran fiesta de la Pascua, durante los cuales los valores que priman son los de la conversión, el arrepentimiento, el pecado, la penitencia y el perdón. En el Concilio de Nicea, en el año 325, se decidió que la Pascua de Resurrección se celebraría el primer domingo después de la primera luna llena después del equinoccio de primavera, el 21 de marzo, de manera que el Viernes Santo se celebrará el primer viernes posterior a la primera luna llena después del 21 de marzo, por eso la Semana Santa nunca puede ser antes del 21 de marzo o después del 23 de abril. Así el Miércoles de Ceniza (ritual de origen judío por el cual éstos se cubrían de ceniza cuando realizaban un sacrificio, también ninivita, quienes se cubrían de ceniza para su conversión de una mala vida en una vida con Dios) el sacerdote marca con una cruz de ceniza la frente del que prepara la Cuaresma haciendo alusión a la temporalidad de la vida, todo lo material lo dejamos aquí y es momento de preparar nuestra penitencia (“polvo eres y en polvo te convertirás”, gen 3,19), cenizas cuyo origen está en la quema de las ramas de palma usadas el Domingo de ramos del año anterior.

CENIZAS

El otro aspecto de la Semana Santa (el más visible o el más vistoso) lo forman las procesiones. Éstas tienen su origen en cualquier pueblo o religión, no son exclusivas de España, aparecen desde los judíos en Pascua, Pentecostés y la Fiesta del Tabernáculo, también desde los primeros cristianos que se reunían para llevar los restos de los mártires hasta su sepulcro. Su significado está en el homenaje y reconocimiento público a Jesús, la Virgen o santos portados en andas. Ya se sacaban en procesión en Roma imágenes por la ciudad que se paraban en ciertas iglesias (Estación). Los Pasos se corresponden con las imágenes que se sacan en procesión, pudiendo ser de una sola imagen (la Macarena) o grupos formando una escenificación (Entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos), es en estos últimos donde se cuida más la estética. Son una lección de catequesis, una impartición de la doctrina cristiana, que trata de llegar al pueblo. El término Paso tiene su origen en el griego pathos: pasión, padecer religiosamente, algo que hay que “pasar”. De este modo, los pasos “pasean” las calles con el significado religioso de la Pasión de Cristo o del “padecimiento” de mártires y santos.

Todas las procesiones son iguales o muy parecidas en estructura, con un eje central (la imagen) y el cortejo de penitentes o cofrades que la estructuran. Su atuendo suele ser una túnica ceñida y un capuchón (romo o puntiagudo) con el que ocultan su rostro, suelen portar cruces o flagelos. Son los “Nazarenos”, llamados así porque originalmente sólo salían en procesión en las cofradías del Jesús Nazareno, generalizándose más tarde el nombre al resto de hermandades y cofradías. El origen de este capirote se remonta a los tiempos de la Inquisición, cuando a los castigados por motivos religiosos se les obligaba a usar una prenda de tela que les tapara pecho y espalda (llamado sambenito) y un cucurucho de cartón como señal de penitencia La jerarquización en las procesiones va de menor a mayor relevancia. Al igual que en Roma, donde los cortejos imperiales comenzaban con los estandartes y la música para finalizar con el emperador divinizado, aquí el muñidor es el encargado de anunciar la procesión con una campanilla o una carraca simbolizando el paso de un lugar profano a otro sagrado. En otros lugares la llegada va marcada por la banda de cornetas y tambores.

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Se inicia con la Cruz Guía o Cruz Parroquial, portada por los jóvenes de la parroquia (suelen ser los monaguillos), a veces flanqueada por faroles guía o bocinas que anuncian su presencia. Le sigue el estandarte de la Hermandad, que recuerda a los pendones romanos, detrás empiezan a aparecer los penitentes o nazarenos portando la luz, el camino hacia Cristo. Se suceden los pasos de la Semana Santa precedidos por acólitos con ciriales o incensarios, en ocasiones con símbolos romanos, muestra del poder político que acompañó a Cristo al Gólgota. La primera imagen suele ser Jesucristo, tras él la Virgen, cerrando la procesión la presidencia de la Hermandad y las autoridades civiles, y tras ellos el pueblo que acompaña a Cristo imitando el camino de la Vía Dolorosa.

El conjunto de imágenes de la Semana Santa española viene impulsado por los presupuestos contrarreformistas que tuvieron en la escultura un buen caldo de cultivo en el que reflejar verdades absolutas y tangibles, hechos narrados para convertirlos en verdades indiscutibles que llegaron a la fibra sensible y emocional en una época de decadencia política en el imperio español y en la que de forma paradójica, se produce el fenómeno artístico del Siglo de Oro, para inflamar a los fieles con una parafernalia inclinada hacia el patetismo, el movimiento, la ornamentación exagerada, el expresionismo.

Aunque hubo muchos talleres que trabajaban las imágenes, las escuelas que destacaron en estas tallas fueron la andaluza (con los centros de Sevilla y Granada) y la castellana (con los de Valladolid y Madrid).

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La escuela sevillana opta por una escultura de gran tamaño y actitudes elegantes, mientras que la granadina elige el pequeño formato de gran virtuosismo, que por su facilidad para el transporte permitió una gran difusión de modelos por España. La consolidación sevillana se produce en el siglo XVII con Juan Martínez Montañés (1568-1649) y sus modelos de actitudes serenas, una belleza llena de equilibrio plasmada en el Cristo de la Clemencia de la Catedral de Sevilla, de hacia 1605).

Su colaborador y discípulo Juan de Mesa (1583-1627), dedicado a la escultura procesional tiende a unos valores expresivos que determinan el paso al realismo de esta escuela, como en su Jesús del Gran Poder (1620) que busca la impresión del espectador con la corona de espinas atravesando la ceja, el rostro envejecido por el sufrimiento y el tono mortecino de la policromía.

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En Castilla, el hecho de que Valladolid fuera por un corto período de tiempo la capital del reino (1601-1606) provoca un fuerte impulso de la producción artística. Así, nos encontramos con Francisco del Rincón (c. 1567-1608), quien ejecuta en madera policromada una Elevación de la Cruz con una apreciación radicalmente diferente del hecho. Si antes importaba la representación del hecho en sí, ahora se busca el sentido de la devoción mediante la dramatización de los sentimientos, nueva forma de mirar y representar, transformando el mundo de los pasos procesionales. La carga emocional alcanza su punto álgido, los pasos entran en el gusto por las escenografías complicadas con personajes en equilibrio forzado. Durante el siglo XVIII el auge procesional vallisoletano se pierde, estos grandes pasos se desmiembran y se reparten sus imágenes hasta que en 1920 vuelven a sacarse a la calles las escenografías.

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Gregorio Fernández (1576-1639) recoge en sus pasos los principios de Rincón en cuanto a dinámica organizativa y lenguaje.

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Con el paso Tengo sed (1612-1616) elabora una clásica estructura piramidal pero con una tensión dramatizada, con unos sayones convertidos en personajes burlescos, claves para la lectura emocional.

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En el Camino del Calvario (1614), sigue un discurso narrativo (sin orden geométrico) con personajes sacados de la calle.

De Gregorio Fernández depende Bernardo del Rincón (1621-1660), quien con su Cristo del Perdón plantea un nuevo modelo muy reproducido posteriormente, con un Cristo flagelado, arrodillado sobre la bola del mundo y con los brazos extendidos despertando sentimientos de compasión y dolor.

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Bibliografía:
  •  Soto Caba, Victoria; Martínez-Burgos García, Palma; Serrano de Haro Soriano, Amparo; Perla de las Parras, Antonio; Portús Pérez, Javier. Arte y Realidad en el Barroco. Modelos del Naturalismo Europeo en el siglo XVII. Ed. Universitaria Ramón Areces.
  • Viñuales González, Jesús Miguel. Historia del Arte Moderno, vol. III. El Barroco. Ed. UNED.
  • Borngässer, Bárbara; Toman, Rolf.  El Barroco. Arquitectura, Escultura, Pintura. Ed. H.F. Ullmann.
Webgrafía:
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